sábado, 22 de julio de 2017

Una obra IMPRESCINDIBLE

Fue en el año 2012 cuando visité Holanda para correr el maratón de Ámsterdam. Pero en este tipo de viajes en familia, no sólo hay tiempo para el deporte, sino que el turismo es lógicamente obligado. Dentro de las cosas que disfrutamos durante aquellos días me dejó impresionado la casa en la que la familia Frank (judíos) se había escondido durante dos años de la persecución nazi. 
Aquel escondite de mitad de la década de los 40 es hoy un museo, pero no un museo al uso en el que se muestran cosas, sino que esas cosas, el mensaje que transmiten, nos lleva a una de las mayores catástrofes que han ocurrido en la historia de la humanidad, como siempre protagonizada con la que es sin lugar a dudas la especie más dañina que ha habitado este planeta.
El empresario alemán judío Otto Frank se vio obligado a abandonar su país cuando Hitler alcanzó el poder y puso en marcha la persecución de los judíos. Se afincó en Ámsterdam, pero con la invasión alemana tuvo que volver a huir, aunque en esta ocasión lo hizo en una casa oculta en las instalaciones de sus empresas. Allí estuvo con su mujer, sus dos hijas y algunos amigos (ocho personas en total) durante dos años hasta que fueron descubiertos por una denuncia anónima, y finalmente todos murieron en los campos de concentración, a excepción del propio Otto.
Ana, la hija menor de los Frank, es una niña de 13 años tremendamente culta, que entre sus distracciones está escribir un diario en el que va describiendo cómo es la vida en su confinamiento en el llamaban "Anexo Secreto". Este Diario de Ana Frank (Ana Frank. Ediciones Guernika-Publimexi. México DF. 2011) debería ser de lectura obligada porque, tirando de un tópico que suelo usar mucho, "Quien olvida su pasado está condenado a repetirlo"; o como dijo Otto Frank como una de las razones que le llevó a publicar el diario de su hija cuando conoció de su existencia tras regresar al refugio una vez acabada la ocupación nazi: "Para construir un futuro, es preciso conocer el pasado".
La historia es contada en un principio con cierto entusiasmo por Ana ya que afronta una auténtica aventura para una niña de trece años: la preparación, el secretismo, el traslado, vivir sigilosamente... La situación es rechazada por todos, pero no hay más remedio que aceptarla como mal menor pues la otra opción es la muerte. Por ello, concentran sus esfuerzos en el día a día, en estar ocupados para olvidar -aunque sea imposible- lo que les ha llevado allí.
La convivencia es siempre complicada, pero con el paso de los meses se va haciendo más difícil, también a causa de las carencias que van teniendo de todo tipo y especialmente de alimentos. Ana lo cuenta todo con detalle, desde la disputa por una mesa en la que trabajar, a la ansiedad por no poder salir a la calle, pasando por las disputas con su madre, o las tensiones que sufren cada vez que hay ladrones en la empresa tras la que se esconden.
El diario es el mejor amigo de Ana, el lugar donde libera sus pensamientos, sus emociones, sus miedos, sus proyectos... ante la imposibilidad de hacerlo con alguno de sus compañeros de viaje.
A lo largo de estos dos años Ana madura de una manera impresionante a causa de la situación. La Ana niña acaba siendo la Ana que se ha hecho mujer, que se ha enamorado, a la que le han dado el primer beso, la que ya comprende a los mayores... Ana, por la exigencia de la situación, se hace mayor aceleradamente, y relativiza cosas nimias de las que antes hacía un mundo, y a las que ahora da la importancia que realmente tienen.
Ana sorprende con sus pensamientos, y nos ofrece una visión tan simple de lo que debería ser el mundo, que no se entiende que compliquemos las cosas hasta tal extremo de llegar a exterminarnos los unos a los otros. 
El Diario de Ana Frank es un ensayo sobre la condición humana, pero ante todo un tirón de orejas a los mayores que gobernamos el mundo porque lo hacemos tremendamente mal.

lunes, 17 de julio de 2017

La Guerra no pasa de emboscada, y además cutre

En más de una ocasión hemos tratado el dicho de que "segundas partes nunca fueron buenas". Lógicamente hay excepciones a esta norma, y de hecho contamos con ejemplos de que la segunda parte de algo (película, libro...) es mejor que la primera.
En esta "La Guerra del Planeta de los Simios" protagonizada por César hay que tirar de tópico porque si la segunda entrega de esta nueva trilogía en torno a la rivalidad entre hombres y simios era mala, la tercera parte que se estrenó hace unos días es peor todavía.
Lo que más me molesta es que estuvo bastante acertada la forma en afrontar el clásico de otra manera, pero se han dejado ir por algún no sé qué que lo ha ido estropeando todo.
Es más, esta tercera parte empieza con muy buena pinta, pero el argumento se pierde en el camino, priorizándose sobre la principal historias que deberían ser secundarias, y que sin embargo alcanzan tanto protagonismo que llega un momento en el que no sabes qué es lo que estás viendo.
Eso te hace perder el interés sobre una historia donde hay guerra, honor, venganza, liderazgo, lealtad, tradición, locura... y que de haber sido bien aliñados todos estos ingredientes hubiésemos obtenido un plato digno del mejor restaurante; sin embargo nos ha quedado algo que no superaría ni la primera ronda del Máster Chef menos exigente.

viernes, 14 de julio de 2017

Cines de juguete

Suele decirse que viajar enriquece. Y estoy totalmente de acuerdo porque así conoces realidades diferentes a tu entorno habitual, y eso te permite ser crítico, analizar friamente -dentro de lo posible- si lo que tienes es bueno o malo. Sin embargo, si sólo conoces una cosa, jamás podrás detectar posibilidades de mejora, o al menos costará encontrarlas.
Digo esto porque cuando escucho tantas críticas hacia los cines que tenemos en Jaén, suelo dar de lado al tema  ya que a mí no me parece que sean tan malos. Claro, eso pasa por ir al cine únicamente en Jaén.  Reconozco que me escuecen los altísimos precios de las entradas, pero "como están así en todos sitios, qué le vamos a hacer". 
El problema surge cuando hace unos días fue al cine en Granada. Estaba allí por cuestiones que no vienen al caso, y decimos ver una película. Me gustó que la entrada me costara 4€ (gracias a una especie de carné de fidelidad por el que hay que pagar 1€ cada sesis meses). Pero el colmo llegó cuando entré a la sala: ¡¡¡Una pantalla grande... enorme!!! ¡¡¡Asientos colocados a diferentes alturas, por lo que no te molesta la visión el de delante, aunque venga con la permanente recién echada!!! ¡¡¡Espacio suficiente entre mi butaca y la de delante, por lo que se pueden estirar los pies para ganar comodidad!!! ¡¡¡Espacio de separación entre las butacas de la misma fila, teniendo dos apoyabrazos cada butaca!!!! ¡¡¡Asientos que vibran cuando en la película hay algún efecto susceptible de transmitirse al espectador de esta manera!!!
Claro, si eso lo comparas con lo que hay en Jaén, te dan ganas de ponerte a llorar. Aunque yo creo que más que llorar, lo que habría que hacer es hablar, decirlo, quejarse... y como última y quizá acción más efectiva, irse a otras ciudades donde los cines sean lo que deben ser: lugares para disfrutar de la película, y no de sufrir por las pésimas concidiciones de la sala.
Cines de juguete es lo que tenemos en nuestra ciudad, aunque los precios sí que son de primera división.
Pues nada, a decirlo... y sobre todo a hacerlo.

martes, 11 de julio de 2017

¿Hoy es San Benito o San Andrés?


Hoy, 11 de julio, hace ya siete años que dudo de si se celebra la onomástica de San Benito, o de San Andrés.... San Andrés Iniesta, quiero decir.
Y es que fue el 11 de julio del año 2010 cuando España se proclamó por primera vez en su historia Campeona del Mundo de Fútbol. Ganó en Sudáfrica, en la final, a Holanda con un gol de Andrés.... perdón, de San Andrés Iniesta en el minuto 116 de la prórroga.
Creo sinceramente que la fecha la podrían hacer fiesta nacional, o algo así, y por supuesto erigir un monumento a Iniesta en todos y cada uno de los pueblos y ciudades del país.
En días como hoy es necesario volver la vista atrás, a aquel momento, para que no se nos olvide que lograr este tipo de cosas es tremendamente difícil. De ahí que debamos reconocer su éxito a quienes lo hicieron posible, San Benito incluido.

sábado, 8 de julio de 2017

¡Qué gustazo leer en papel!

Mi profesión me obliga a estar permanente informado. Cierto que es obligación, pero como resulta que también se trata de mi pasión, tengo que reconocer que disfruto cada día haciendo eso por lo que me pagan. 
Uno de los placeres del día a día lo encuentro en leer el periódico. ¿Cuánto tiempo de mi vida habré empleado en pasar hoja tras hoja? Ni idea, pero seguro que mucho. 
Hace ya unos seis años recibo el periódico en el iPad. Resulta tremendamente cómodo ya que, sin salir de la cama, cojo el aparatito, me conecto a la web de la plataforma a la que estoy suscrito, y en cuestión de segundos está a mi disposición la edición del día así como las ediciones de ese mismo periódico que se hacen para toda España, y las revistas y publicaciones que se adquieren con el ejemplar en el quiosco.
Con el paso del tiempo, y a base de la costumbre, veo con normalidad pasar el dedo sobre una pantalla táctil en lugar de sobre la hoja de papel. La sensación no tiene ni punto de comparación, pero las ventajas económicas, de comodidad, rapidez, etc son más que evidentes.
En el trabajo tengo acceso al periódico de papel, pero como es en el ámbito laboral, el disfrute es mucho menor.
Sensaciones apagadas volvieron a hacérseme realidad hace unos días. Estuvimos un fin de semana en la playa con unos amigos, y me dio por comprar el periódico en lugar de leer la edición digital contratada. Indescriptible la sensación de satisfacción que tenía yo con mi periódico de papel en la mano, a la sombra de la sombrilla, y sentado en mi silla sobre la arena. Da la impresión de que la lectura sabe mejor en esas condiciones. ¡Qué disfrute! ¡Qué recuerdos!
No seré yo quien discuta las ventajas de la modernidad -de hecho, me sumo a ellas-, pero también es justo reconocer que, tirando de dicho, como lo antiguo no hay nada.

martes, 4 de julio de 2017

Una momia decepcionante

Cuando vas al cine a ver una película como "La momia" no puedes pedir a quienes la han hecho que te vendan realidad, porque nadie busca eso; pero sí entiendo que es exigible una cierta dosis de credibilidad a la hora de realizar el planteamiento inicial. Es decir, en el momento en el que me siento en la butaca quiero entretenimiento, que me sorprendan, divertirme, acción... pero también que la raíz de la película sea algo histórico, o una leyenda, o una creencia, que posteriormente se desarrolla con mayor o menor acierto.
El objetivo de todo ello es que aunque hablamos de ficción, al final quede en el espectador un poso de realidad o al menos de duda de si sería posible que lo inventado se hiciera real.
Esta momia de Tom Cruise y Russel Crowe empieza bien, muy bien diría yo, pero pronto abandona el camino correcto y toma unos tintes de invención e imaginación que desconectas: estás ante una película de dibujitos en la que es muy divertido que hablen todos los animalitos del bosque, y por eso mismo tus pretensiones son que acabe lo antes posible para ver si el final es el que ya me espero, u otro distinto.
La aparición de elementos poco creíbles son constantes, de ahí que mi desesperación fuera en aumento ante una película que creía que tenía muchas pretensiones, y que sin embargo queda bastante por debajo de la trilogía anterior (Brendan Fraser).
El derroche técnico es abrumador, pero el contenido resulta más que mejorable. De hecho, en algún momento pensé que podría aparecer el hombre araña, tan de moda últimamente.
Típica película para ver en mi añorada "Primera Sesión" que se emitía la tarde de los sábados en La Primera cuando en este país sólo había dos canales.

lunes, 3 de julio de 2017

Teatro mágico en el castillo

Hace tiempo que tenía ganas de asistir a una representación de teatro, y el sábado lo hice. Fue con la primera de las cinco obras que conforman las III Veladas de Teatro Clásico  en el Castillo de Santa Catalina de Jaén.
Una iniciativa del periódico Viva Jaén, con el apoyo de numerosas instituciones y empresas, que me parece tremendamente interesante, así como el contexto en el que se encuadra que no es otro que el proyecto Jaén Genuino.
Es especial el entorno (el patio de armas de una fortaleza), también el momento (por la noche, a la luz de las estrellas), y por supuesto el hecho de ser teatro en estas condiciones. De todo ello obtenemos algo casi mágico.
La compañía Negreso Artescénico representó Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare. Según los organizadores, 300 personas ocupamos las 300 sillas disponibles, y de haber habido más, también se hubieran llenado. 
Tengo que decir que no entiendo mucho de teatro -más bien nada-, pero no es mi intención realizar aquí una sesuda crítica de cómo lo hicieron actores, director, iluminador... No. Mi intención es únicamente la de transmitiros que se trata de una iniciativa altamente recomendable a la que deberíais ir si tenéis un rato libre, y por supuesto si os dais prisa porque las entradas tienden a agotarse. 
Pese a ser un clasicazo, debo reconocer que jamás he visto esta obra ni en película, ni en la tele, ni la he leído en un libro... nada de nada. Me senté en mi silla a intentar disfrutar del espectáculo, y vaya si lo hice.
Enredo, risas, amor, desamor, fantasía... son algunos de los elementos que pudimos encontrar en el escenario del patio de armas del castillo, con unos actores ante los que me pongo de pie y me quito el sombrero en señal de reconocimiento.
Me encantó la música en directo de violín, la versatilidad de los actores, y aunque también hay que reconocer que las sillas fueron algo incómodas, voy a intentar repetir pese a que la agenda la tengo algo apretada.
Nos quejamos continuamente de que en Jaén no hay nunca nada, por eso creo que es de justicia responder con nuestra asistencia cuando alguien es osado y se atreve a ofrecernos algo diferente, que por cierto es precisamente lo que reclamamos.

domingo, 25 de junio de 2017

Yo, celtíbero... y landista


En una época como la actual el calor nos lleva a las piscinas y a las playas, y por tanto nos vemos todos un poquito más ligeritos de ropa que el resto del año. Aquellos que tenemos en el cuerpo algún pelillo de más en relación a lo que marcan los cánones de las nuevas tendencias de belleza y metrosexualidad recibimos llamadas al orden y toques de atención para ir a la moda y abandonar lo que se llevaba en tiempos de nuestros abuelos.
Tengo que reconocer que a mí me cuesta bastante trabajo afeitarme de manera habitual, pero como la barba no me gusta, no tengo más remedio que hacerlo. Quiero decir con esto que, si me viene largo el afeitado, ni se me pasa por la imaginación entrar en la dinámica de la depilación corporal. 
Cierto que los cuerpos depilados son los que se llevan hoy día, los que nos dejan con la boca abierta, pero como mi sino es ser el contra-corriente de casi todos los ámbitos en los que me muevo, éste no iba a ser menos. Por ello reivindico aquí y ahora el movimiento celtíbero, el hombre de pelo en pecho, el latin lover, el tradicional macho ibérico que tantos y tan grandes momentos de gloria ha dado al pueblo español.
Y me pongo de pié ante uno de sus principales exponentes: Alfredo Landa. Don Alfredo Landa. Tan grande fue, que hoy día sigue siéndolo, y no tengo duda de que lo será por tiempo inmemorial. 
Alfredo Landa... y el landismo.
¡¡¡VIVA!!!

martes, 13 de junio de 2017

Objetivo Estocolmo (III): la crónica

Con mi cuñado, en los kilómetros iniciales.
Suele decirse que bien está lo que bien acaba, y aunque no acabé muy bien el Maratón de Estocolmo -celebrado el pasado 3 de junio-, sí que me encuentro satisfecho por haber concluido mi participación número 13 en la distancia. Mi objetivo era mejorar marca personal (fijada en 3h 25' 10''), pero ni me acerqué. Paré el crono en 3h 47' 55'', aunque ya digo que es todo un éxito teniendo en cuenta que una lesión en uno de los isquios tan sólo ocho días antes de la prueba casi me impide tomar la salida.
No hay peor enemigo de un atleta que la lesione, pero si ésta se produce en los días previos a la prueba que te llevas preparando -en mi caso- tres meses, la cosa se pone más fea todavía. El sábado, 3 de junio, era la carrera, y el lunes anterior estaba en la camilla de Manos Máginas Pili (MMP que otra vez volvió a hacer el milagro), de la clínica de fisioterapia de Manuel Pancorbo, intentando revertir el mal. Aquel día no hubo sólo masaje, sino también punción seca. A los dos días, el miércoles, nueva sesión de fisio, y el jueves pude tanto trotar un poquito como ir al gimnasio para fortalecer una musculatura que había quedado francamente tocada por el tratamiento.
Sufriendo en torno al km 30.
Corría, no me dolía pero sí sentía alguna molestia. Con esa sensación afronté la salida en la carrera. Ni siquiera fui trotando al punto de salida. No quería tener alguna sensación negativa que me obligara a no participar.
Físicamente creo que estaba en uno de mis mejores momentos, y por ello -y pese a la lesión- decidí afrontar la carrera con el objetivo que me marqué en su día: mejorar mi marca personal. Así se lo hice saber a mi cuñado el granaíno -Fernando Arco, con el que suelo compartir este tipo de aventuras-, y así comenzamos: siendo valientes.
El ritmo objetivo de carrera era 4'50''/km para hacer 3h25'00''. Mi cuñado, que es mucho más rápido que yo, se prestó a llevarme y la verdad es que todo iba de maravilla. No sólo estábamos en tiempo sino que en numerosas ocasiones tenía la tentación de acelerar la marcha por lo bien que me sentía. Pero la experiencia es ya un grado, y tengo claro que el maratón empieza en el kilómetro 30. En ese momento es cuando debes medir tus fuerzas y saber cómo vas a acabar.
 Nosotros íbamos según lo previsto. Tanto, que pasamos la media maratón en 1h41'26'' cuando el objetivo era 1h43' aproximadamente. Las sensaciones eran excelentes, pero estaba entrando en la zona de peligro. En el kilómetro 25 ya me costaba mantener el ritmo de 4'50''/km, y en el km 30 rodaba por encima de los cinco minutos el kilómetro. Unos kilómetros antes tanto mi cuñado como yo nos dimos cuenta de que yo no aguantaba; él intentó animarme, pero me quedaba. Por ello le dije que él siguiera, y que no se preocupara que yo iba a echar el resto.
Cruzando la meta.

En ese kilómetro 30 supe que tocaba sufrir en los 12 kilómetros restantes, y así fue. La verdad es que no hubo ni rastro de dolor con el isquio, que era lo que yo temía, y sin embargo tenía las piernas acalambradas; me daba la sensación de que de un momento a otro me iba a machacar una tormenta de calambres que me impediría seguir. 
Creo que era como consecuencia del planteamiento de carrera. Como estaba tocado del isquio, opté por acortar la zancada y aumentar la cadencia. Es decir, pasitos cortitos y más rápidos. Algo totalmente contrario a lo que yo suelo hacer. Era para cuidar el isquio, y dio resultado, pero el efecto colateral fue la aparición de piernas acalambradas que me impedían rodar con soltura. La rabia era aún mayor -quizá la impotencia- porque el pulsómetro me indicaba que rodaba a 116 pulsaciones por minuto, 120, 125... es decir, ¡¡¡POQUÍSIMO!!!; la marcha era casi de andar pero me era imposible acelerar.
Quedaban 12 kilómetros, y si bien ya era consciente de que no iba a conseguir ni el primer objetivo (3h25') ni el segundo (bajar de 3h30'), no quería sobrepasar las cuatro horas. Por ello, afrontando la dificultad física y la impotencia de tirar al ritmo que me pedía la mente, apreté los dientes y evité como pude hundirme. El kilómetro 35 lo pasé a 5'58''/km, el kilómetro 40 a 6'50''/km; y en los dos últimos kilómetros (y 195 metros) volví a bajar a 5'56''/km.
Celebrando la victoria.
La sensación al llegar al estadio era de alivio porque lo había conseguido, pero también de impotencia porque una inoportuna lesión había trastocado el trabajo de tres meses.
No importa. Ya estaba pensando en cómo afrontaría la siguiente. Y el pensamiento no apareció al cruzar la línea de meta, sino que a lo largo de esos 12 sufridos últimos kilómetros compaginaba la concentración para seguir corriendo con la táctica a seguir en mi maratón número 14 que, no sé cuándo, pero os aseguro que llegará.
Me da la sensación de que esto engancha.

jueves, 1 de junio de 2017

Objetivo Estocolmo (II): Alea iacta est

Llegó el gran día. Ya poco se puede hacer para cambiar lo que pueda pasar el próximo sábado, 3 de junio, cuando a las 12,00 horas tome la salida en el Maratón de Estocolmo.
Sí, he dicho bien: a las doce de la mañana. Es la primera vez en mi vida que inicio un maratón tan tarde; siempre suelen comenzar a las ocho o nueve de la mañana, pero este lo hace a las doce con una previsión de temperatura de 16º, la máxima que se espera ese día. A partir de ahí las previsiones indican que bajará la temperatura, y el cielo estará nublado. Es decir, hará fresquito... ¡¡¡y eso me gusta!!!.
Será mi maratón número 13 (¡¡!!), y hasta llegar a hoy han sido doce semanas de entrenamiento en el que he machado 512 kilómetros. Deberían haber sido algo más, pero las complicaciones del trabajo y de alguna que otra cosilla te hacen complicado SIEMPRE llevar el plan de entrenamiento a rajatabla. Habitualmente lo hago lo más próximo que puedo, pero ya digo que es difícil clavarlo.
Hasta el pasado jueves las sensaciones eran bastante buenas porque los tiempos de series y rodajes estaban siendo muy interesantes, estoy un peso razonable, y me sentía muy bien. Sin embargo, un dolor en el isquio de mi pierna izquierda detectado el viernes (¡¡¡ocho días antes de la carrera!!!) me llevó al fisio... y a recibir la desagradable noticia de que tenía una contractura/sobrecarga importante. En estos días he recibido dos sesiones de masajes, con punción seca incluida, nada de correr, mucho hielo y estiramiento... y hasta ayer miércoles no pude ir al gimnasio a fortalecer precisamente los isquios.
Hoy concluiré la mini-recuperación con media horilla de rodaje tranquilito para ver cómo responde la zona afectada, y después otra vez sesión de gimnasio.
En fin, ha sido un plan de entrenamiento del que iba a acabar bastante contento pero que al final se ha torcido.
No sé si finalmente podré intentar hacer mi mejor marca en la distancia (3h25'10'' conseguida en Sevilla en el año 2012); todo dependerá de cómo responda el isquio. Mi idea original era intentar bajar de tres horas y media, pero como los tiempos de entrenamiento habían ido tan bien, me había planteado hacer marca personal. Si algo he aprendido en los años que llevo corriendo, es que las prisas no son buenas consejeras, de ahí que correré en función de las sensaciones, y si hay que bajar el ritmo para simplemente acabar, así lo haré. Más vale ser prudentes ahora para evitar una lesión mayor cuyas consecuciones podrían llevarme a problemas mucho más gordos.
En un día como hoy apelo a mi lema de que "Alea iacta es"... aunque en esta ocasión el asunto está más dudosa casi que nunca.
Ya os contaré.