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martes, 15 de agosto de 2023

Extraño, de turismo por Jaén



Recientemente me he sentido extraño en mi propia tierra. Así es porque no estoy acostumbrado a hacer turismo en el lugar donde resido. El destino así lo quiso, y la verdad es que no sólo ha sido una gozada sino que ya me he propuesto firmemente repetirlo periódicamente.

Hace años que mi esposa y yo hacemos turismo (deportivo) con otra pareja (cuñados). Nuestra cita es siempre para participar en un maratón, y de paso echamos unos días más para conocer la ciudad. Hemos recorrido parte de España y de Europa, y el disfrute ha sido siempre mayúsculo.

Por circunstancias que no vienen al caso, mis cuñados venían a Jaén para hacer turismo, y decidimos unirnos emulando tantos viajes como hemos hecho por España y Europa. 

La primera parada fue el barrio de El Almendral. Ellos habían oído hablar de los grafitis, y aunque a mí no me atraía la idea demasiado, hice gala del talante que me caracteriza y lo fijamos como el lugar por el que empezar nuestra visita turística.

Arriba tenéis una de las muchas fotografías que nos hicimos, y la verdad es que fue todo un descubrimiento. Me parece mentira que con algo tan simple, la implicación de un barrio entero (enhorabuena) consiga ofrecer un producto turístico tan diferente a lo que puedes ver por ahí, y que por eso mismo es todo un acierto.

El recorrido por esa media docena de grafitis no son sólo los dibujos sino el conjunto de confección de espacios adornados con macetas, cartelitos y todo tipo de sencillos elementos del día a día que han sido tratados con maestría para lo que pretendían: atraer visitantes.

Si todavía no lo habéis visitado, ya estáis tardando.


La siguiente parada fue en los Baños Árabes. Aquí arriba nos podéis ver a los cuatro.
No era la primera vez que los visitaba, pero sí ha sido la primera en la que he recorrido todo el edificio. Hay cosas que me gustan menos (Museo de Arte Naïf) y otras (recreación de casas y establecimientos de principios del siglo XX) que me han dejado con la boca abierta. ¡Qué chulo y qué recuerdos! Sí, porque muchas de las cosas que allí podemos ver han formado parte de mi infancia.

Después de tanto ajetreo cultural -aunque entre medias hubo alguna parada para echar un café o un refresco- era obligado cultivar nuestra riqueza gastronómica. Optamos por la zona de las tascas, y lo más sobresaliente de cuanto encontramos fue el Rossini y el Vermout de La Barra. ¡¡Qué pasada!! Por supuesto, convenientemente acompañados por un plato de sus deliciosas migas y... alguna cosilla más. Jejeje.

Lo que empezó con cierta extrañeza -como os comento al principio- acabó con una satisfacción plena e incluso cierto regusto por repetir. De hecho, hemos hecho el firme propósito de volver pero con destinos nuevos pero, eso sí, repitiendo.... ¡¡¡¡EN LA BARRA!!!!

miércoles, 22 de mayo de 2019

Objetivo Ronda (y IV): la crónica


Un suplicio. Creo que no hay mejor forma para definir mi participación en la reciente edición de los 101 kilómetros de Ronda: un suplicio MAYÚSCULO.
El viaje hasta la salida fue todo un placer. Varios meses de entrenamientos tras la fortuna de conseguir dorsal, diseño de estrategias, búsqueda de rutas y carreras semejantes a Ronda, consejos sobre el material a utilizar... un sin fin de elementos que, como digo, han resultado todo un gustazo.
Llegó el momento. Allí estábamos mi cuñado el granaíno (Fernando Arco, dorsal 5105) y yo en el campo de fútbol de Ronda. Ambientazo el que había en la salida de los marchadores, y ambientazo el que había habido unas horas antes con los ciclistas. La cercanía del cañonazo de salida hacía que las mariposas que notaba en el estómago desde hacía una semana se acentuaran de manera importante. No digo nada cuando el mando de la Legión nos arengó en un discurso propio del gran Máximo antes de entrar en combate. Y qué decir de ese himno legionario que todos cantamos (yo no me lo sabía, pero intentaba seguir a quienes sí), y ante el que me fue imposible retener las lágrimas. ¡¡Empezamos bien!!
Puntuales, a las once de la mañana del sábado, 11 de mayo de 2019, empieza la prueba. Tenemos por delante 101 kilómetros y 24 horas para recorrerlos. Nuestro objetivo es rondar las 14 ó 15 horas. Lo intenté en el año 2014, pero me tuve que retirar exhausto en el kilómetro 65. Mi cuñado ha hecho propósito de hacerme de liebre ya que para él ese tiempo es más que asequible teniendo en cuenta que en sus dos participaciones anteriores hizo 12 horas. 

Él marca el ritmo, y la verdad es que vamos bien. Yo, cómodo, emocionado y tremendamente contento de verme embarcado en esta auténtica aventura.
Todo marcha según lo previsto salvo por alguna pequeña molestia que empiezo a sentir en la planta del pie derecho. "Algún chino se me ha metido", pienso. Ahora me lo quito cuando paremos en el kilómetro 33 ó así para, tal y como tenemos previsto, comer (yo) una bolsa de macarrones que llevo en la mochila, y mi cuñado un bocata de jamón. Llega la parada y al quitarme el zapato no encuentro chinas sino una pequeña ampolla. Bueno, no hay que sorprenderse porque esto es habitual (arriba tenéis inmortalizado el momento macarroni). 
Los macarrones, el cuarto de hora de descanso, la bebida... todo me sienta muy bien, y remonto la primera pájara que estaba empezando a sentir. No esperaba empezar a deshidratarme tan pronto, pero el muchísimo calor que hace contribuye. Por ello, incremento mi consumo de sales y agua, y de refrescarme la cabeza en cada avituallamiento.


A Setenil (fotografía de arriba) llego doblemente tocado. Es el kilómetro 50,8, y pese al ambientazo que hay en el pueblo, ando casi como un zombie víctima de mi segunda deshidratación, y con grandes molestias por la ampolla del pie. En el avituallamiento me quito zapato y calcetín para ponerme un compeed, pero es imposible porque la ampolla me pilla media planta del pie; necesitaría un compeed ¡¡¡como el sombrero de un picador!!!
Comemos y bebemos algo, y continuamos andando más que corriendo para ver si me recupero. La recuperación llega pero el calor sigue machacándonos tanto a nosotros como al resto de participantes. La gente cae como chinches, y en cada avituallamiento los servicios médicos y de Protección Civil casi no abarcan la gran demanda que tienen. 
Continuamos con el objetivo de llegar al cuartel del Tercio (Kilómetro 70), y con la esperanza de que al dejar atrás el calor con la consiguiente llegada de la noche, todos nos sea un poquito más plácido y nos ayude a remontar las cada vez peores sensaciones que tengo. Fernando me lleva con cuidado, me da ánimos, me va engañando (por mi bien, claro), incluso me cuenta algún chiste para que no piense en la fatiga y el sufrimiento, y me concentre en seguir. Llego hasta aquí gracias a él, pero en el Cortijo de Calle no puedo más (estamos en el kilómetro 56,8). La tercera deshidratación me golpea fuerte, y opto por sentarme-tumbarme sobre unas hierbas, a la sombra, y descansar porque no puedo más. Estoy tan mal que hasta mi cuñado se asusta. Me toca la cara y estoy frío ("¡¡con el colorín que hace!!", exclama)... Se asusta más. Tanto que pese a ser uno de mis mayores fans para seguir y acabar, me aconseja abandonar. "Te veo mal y todavía queda mucho", me dice. Incluso llama al sanitario del avituallamiento. Yo le digo que siga él, que yo intentaré recuperarme, y si no lo consigo, que no se preocupe, que abandono.
Pero me dice que no me va a abandonar así, y me acompaña hasta que yo opto por dejarlo. Se lo digo al sanitario, y mi cuñado entonces, cuando ya me ve casi montándome en la ambulancia, se va más tranquilo rumbo a la meta.
A mí me sienta fatal tener que dejarlo, pero es que ¡¡¡no puedo más!!! El problema surge cuando un legionario me pregunta si necesito atención médica. Le respondo que no, que lo único que quiero es irme porque estoy muy cansado. Pero me dice que allí sólo evacúan a los corredores que necesitan asistencia médica. "Si usted abandona debe retroceder hasta Setenil, o continuar hasta el siguiente avituallamiento donde sí existen puntos de evacuación", me explica el legionario.
Atrás no vuelvo ni de coña. Pido que me tomen la tensión, y la tengo a 11/6. Está bien. Por tanto, seguiré un poquito más. Son menos de cuatro kilómetros hasta Chinchilla. Opto por hacerlos andando y allí abandonar. Pero antes de marchar vuelvo a tumbarme para coger más fuerzas; como algo y mientras lo hago empiezo a llorar como una Magdalena. Es por impotencia. He entrenado más que nunca; he controlado geles, sales minerales, pastillas de sal, la alimentación y la bebida en los avituallamientos... todo para que no me deshidrate, y sin embargo llevo tres pájaras en 56 kilómetros; además, tengo las piernas acalambradas pese a las tres ampollas de magnesio que he ingerido. La prueba vuelve a ganarme pese a todo lo que he pasado para llegar a la salida, para llegar hasta donde estoy. El momento, los sentimientos, las sensaciones... son demoledoras. Estoy destrozado física, mental y anímicamente.
Recibo la llamada de mi esposa, muy preocupada. Yo no puedo hablarle por la emoción que siento, pero me repongo y le transmito tranquilidad. 
El momento es clave. Lo físico importa, pero quizá lo determinante sea lo mental. Hay que ser fuerte. Tener la mente fría, o al menos intentarlo. Tras 47 minutos de parada, me levanto. Apenas si me quedan cuatro kilómetros. Los afronto andando, y a ver qué pasa.
Llego a Chinchilla bastante mejor de lo esperado porque, al ir andando en lugar de corriendo, la fatiga es menor. Mi casi única preocupación es ahora la ampolla del pie que me ocupa ya media planta. Me tumbo para volver a descansar y llega mi Ángel de la guarda. Una corredora se sienta a mi lado. Es enfermera, llega con su marido, espera a su hermana y otros familiares que todos los años (es veterana de Ronda) quedan en ese punto para llevarle comida, bebida y material sanitario que le permita curar los problemas físicos que pudiera tener. Las ampollas son las reinas, y es ella quien me cura porque tiene todo lo necesario. Me aconseja intentar seguir. "Si te duele más que antes, pese a la segunda piel que te he puesto, deberías dejarlo. Pero si el dolor es menor, inténtalo. Por lo menos para llegar hasta el cuartel. Depende de ti y de tus sensaciones. Pero estoy segura de que lo que hagas será la decisión correcta", me dice.
Vaya tela. Acabo de leer el Alquimista, de Paulo Coelho, y esto parece una conspiración del Universo para que siga en carrera. ¿Voy a ser yo quien rechace las señales del Universo? Ni de coña. Además, mi hijo y mi hija que mandan por WhatsApp mensajes de aliento porque se han enterado de que me voy a retirar. Un Giff de Máximo, que piense en Aitana, que yo puedo... son sus mensajes que me llegan a lo más profundo. ¿Otra señal? Estoy en el kilómetro 60, y el objetivo ahora es claro: llegar al Tercio de la Legión, al kilómetro 70. ¡¡Vamos!!


Tras 27 minutos de reposo vuelvo a ponerme en marcha, siempre andando, y charlando con unos y con otros hasta que conformamos un trío que llega unido hasta el Tercio. La casualidad o el Universo me une con Franci (de Sevilla) y Ana (de Marmolejo). Arriba estamos los tres al llegar al cuartel. La temperatura va bajando, el cansancio es menor, la recuperación más fácil, e incluso nos pilla la noche con un punto de frescor que me da la vida. Son diez kilómetros de charla divertida, hablando un poco de todo, que se pasan volados. Ya estamos en el Tercio, son las once de la noche y, tal y como me dicen ellos, es posible acabar porque tenemos doce horas para recorrer 30 kilómetros; cierto que son los más duros, pero incluso haciéndolo todo andando y a un ritmo lento se alcanza la meta antes de las once de la mañana que es cuando se cierra el control. Ellos van a acabar, y me animan a seguir juntos. Les doy las gracias, les doy ánimos, pero me lo voy a pensar. Nos despedimos, y nos deseamos suerte mutuamente.

Camino del punto de recogida de mochilas, en el Tercio de la Legión, veo un gran cartel en una farola que indica "Parada de autobús". Vuelvo la vista y veo un gran bus aparcado con los intermitentes de emergencia encendidos. Me dicen que es el que se lleva a Ronda a quienes abandonen. ¿Es otra señal del Universo? ¿Debo retirarme? Si os digo la verdad, es lo que me pedía el cuerpo, pero las dudas me surgen tanto por los ánimos recibidos como por el hecho de que ya he recorrido 70 kilómetros. Ya es de noche, con una temperatura muy agradable para mí, y sin exigencia de tiempo. Pros y contras... no sé qué haré. Seguiré buscando señales.
En recoger la mochila tardo 45 minutos (una barbaridad) y la desesperanza gana terreno. Me voy al interior del restaurante para comer y beber algo, y sobre todo a pedir la asistencia de los podólogos que trabajan a destajo en este punto. A ver qué me dicen ellos. Pero justo a la entrada veo unos servicios. ¡¡Un WC de verdad!! No lo dudo. Aunque hay que hacer cola (esta vez de 15 minutos), merece la pena. No sé si os lo creeréis, pero os aseguro que es la pura verdad: es el momento más feliz de toda la prueba. Sentado, en el trono, ¡¡qué alegría!! ¡¡qué alivio!! ¡¡qué descanso!!... Ahora, y tras analizar las más de 21 horas de sufrimiento, os confirmo que fue el mejor momento de todo este suplicio, incluso más que la llegada a meta.



Llevo una hora allí y todavía ni he bebido ni he comido nada. Ha llegado el momento. Lata de Coca-Cola, botella de agua, bolsa de patatas fritas, perrito caliente, arroz tres delicias, caldo calentito, y café y donut de chocolate. Es lo que nos ofrecen, y sienta como Dios. Más señales positivas pese a que mi cara dijese lo contrario, tal y como podéis ver en la fotografía de arriba.
Me recupero ya bastante, y toca el turno del podólogo. Me tratan tanto la gran ampolla de la planta del pie derecho como otra, algo más pequeña pero también de grandes dimensiones, que me ha salido en la planta del pie izquierdo. La chavala que me atiende no le da importancia, y cuando le pregunto si debo seguir, no ve ningún problema en ello. Aunque segundos después se sincera y me dice que para ella ya es una barbaridad el que yo haya aguantado el dolor y llegado hasta allí; que lo lógico es retirarse, o más bien era haberse retirado hace ya muchos kilómetros, tanto yo como casi todos a quienes había atendido. Pero visto lo visto, y teniendo en cuenta la gente que estábamos allí, hay que seguir; al menos lo mío no era ningún impedimento grave.
Está decidido: sigo. He cambiado las mallas de compresión por calcetines bajos; no quiero manga larga porque me gusta el frío, pero por si acaso me pongo los manguitos. Recargo sales minerales, pastillas de sales... y el depósito está otra vez lleno para afrontar con éxito, aunque andando, SIEMPRE andando, los 30 kilómetros que restan para la meta.
Dejo la mochila con destino a Ronda, me pongo mi equipo, y noto que el dolor en la planta de los pies ha disminuido: la podóloga ha hecho su trabajo, y quizá también el ibuprofeno que me he tomado. ¡¡Jejeje!!. 



Es la 01,25 horas de la madrugada. He estado en el Tercio dos horas y media. Yo aún no lo sé, pero mi cuñado está a punto de llegar. Después me entero de que ha tardado 15 horas. Me alegro por él; tampoco se ha ido en exceso de tiempo. Ha sido por mi culpa, pero se lo agradezco porque sin él no lo hubiera conseguido. Arriba lo tenéis en meta, ya con la medalla al cuello.
Por delante tengo 30 kilómetros del mismo desnivel que los 70 kilómetros anteriores, es decir, se trata de la zona más dura, pero para mí es llevadera. Voy andando, es de noche, no hace calor, y no tengo prisa. Voy a mi ritmo, hablando con unos y con otros, y todo se hace muy llevadero. En Montejaque me encantaron los dos cafés y dos donuts que me tomé. Me sentaron de escándalo. Abajo tenéis el momento en que llego a Montejaque.



Mi única preocupación es soportar el dolor de las ampollas, y para ello en las muchas cuestas arriba que hay apoyo el pie con el talón en lugar de con la parte delantera. Se trata de un gesto antinatural, pero debo evitar cargar peso sobre las ampollas. La táctica va dando resultado.
La cosa se me complica un poquito cuando en una de las cuestas arriba no levanto lo suficiente el pie derecho, y le doy un patadón a una piedra. Veo las estrellas, el dolor es enorme.... "Esto es el colmo", pienso. Noto la sangre bombear en el dedo gordo del pie, pero me prohibo quitarme el zapato. Me imagino que el dedo se ha jodido, pero hay que aguantar hasta el final. No es momento ya de abandonos, y eso que hay corredores (andarines a estas alturas) que siguen retirándose porque no pueden.
¿Sabéis algo que estoy haciendo mucho desde que salí del Tercio?: rezar. Sí. Dos padrenuestros, dos aves maría, y dos salves. Rezo por San Modesto (el patrón del programa de Deportes que hacía en Ondajaén Televisión). Rezo por la Virgen de Alharilla (que este fin de semana es su romería en Porcuna, apenas a 11 kilómetros de mi pueblo, Higuera de Calatrava, y un compañero de trabajo que me dio ánimos diciéndome que estaría conmigo. Rezo por la Virgen de la Paz, que al parecer es una de las patronas de Ronda, y ese domingo saldrá en procesión. Y rezo por San Isidro, que ha sido el otro Ángel de la Guardia a lo largo de mi vida. Rezo cuando se me antoja, cuando me apetece, rezo mucho, bastantes veces y largo rato, y la verdad es que me sienta bien. No sé la razón pero me alivia. ¡¡Qué cosas!!
La noche es agradable, y el tramo final se lleva con cierta alegría. Amanece, veo a lo lejos el Tajo de Ronda, hablo por WhatsApp con mi esposa para informarle que estoy a punto de llegar. Esto ya está hecho.
Alicia me espera en la puerta del Parador. Al verla me emociono, y con el beso que me da, más todavía. Son muchos sentimientos y sensaciones acumuladas que me temo van a aflorar de golpe de un momento a otro. Me acompaña andando en ese tramo final de la carrera, aunque le digo que la tradición manda (así me lo ha dicho otro corredor) que no se puede entrar en meta andando, sino que hay que hacerlo corriendo. Es más, hay que correr desde la plaza de toros. Le digo que lo intentaré, y ella me responde que no sabe si podrá seguir mi ritmo. "No te preocupes que yo iré despacio", le digo... pero cuando llega el momento de correr yo voy tan lento que cuando ella da dos zancadas me deja atrás en un suspiro, y la comparo con Usain Bolt. "¡¡Dónde vas tan rápido!!", jejeje, nos reímos los dos.
Me acompaña trotando hasta que ya le prohíben el paso en la entrada a la Alameda. Se va por la acera para hacerme la foto de entrada, y yo continúa hasta la meta. Enseño mi pasaporte y todos sus sellos a los legionarios encargados de ese asunto, y me persigno nada más cruzar bajo la meta con un tiempo de 21h06'46''. Me cuelgan la medalla del cuello y un mando está esperando para darme la enhorabuena. Bueno, a mí y a todo el que llega, pero en ese momento el importante soy yo.







Acabo, con el mayor sufrimiento de mi vida, pero objetivo conseguido. Al momento llega mi cuñado y su mujer. Primero me felicita ella, y después él. La emoción me inunda, y me echo a llorar a la vez que le doy las gracias porque sin él no hubiera acabado. Debía casi darle mi medalla... pero me voy a quedar con ella. ¡¡Jejeje!! Abajo tenéis una foto con los dos.

Dicen que bien está lo que bien acaba, aunque yo en este caso lo dudo. He acabado para tener ya la mueca hecha y no verme obligado a regresar. Lo he hecho con mucho sufrimiento, con excesivo sufrimiento, y ahora le doy el valor que tiene a todo aquel que concluye los 101 kilómetros de Ronda. Todo el que cruce la meta se merece un monumento, independientemente del tiempo que haga. Enhorabuena a todos, sobre todo cuando después conocemos cómo ha sido la cosa este año. Aquí tenéis los datos facilitados por la organización que dan más idea de la dureza de la prueba.



Por cierto, no puedo acabar esta crónica sin tener un reconocimiento ENORME para la Legión cuya organización es modélica en todos los sentidos. Enhorabuena y gracias.
Y ahora sí acabo.
Tremendamente orgulloso me despido confirmando con seguridad que: ¡¡¡NO VUELVO!!!
Un saludo del "9 dedos".

miércoles, 15 de mayo de 2019

¡¡Viva San Isidro!!


Hoy, 15 de mayo, celebramos una de las onomásticas más queridas por mi: San Isidro Labrador.
Estos próximos viernes y sábado estaremos de romería en Higuera de Calatrava, pero hasta que llegue ese momento permitidme el recuerdo de la romería del año 2016. Fue especial.
¡¡Viva San Isidro!!

jueves, 12 de julio de 2018

Objetivo Jaén (III): la crónica

Me ha resultado extraño correr un maratón en casa. Hasta ahora había participado (y acabado) en 13, y siempre fuera de Jaén. Por tanto, cada vez que planteaba la prueba suponía viajar. Es decir: planificar, contratar un hotel lo más cerca posible de la meta, en ocasiones volar y también conseguir dinero en una moneda diferente al euro, buscar lugares que visitar en la ciudad de destino, hacer turismo después del maratón (y no antes, como erróneamente hice alguna vez)...
En esta ocasión nada de eso era necesario. Correría en la pista de atletismo de La Salobreja, en mi propia ciudad, por lo que el único parecido con los maratones anteriores era realizar el plan de entrenamiento de la manera más adecuada posible, y correr el día de la prueba.
Despejado el fin de semana de cualquier tipo de cita, el sábado lo centré en descansar. A las nueve de la noche estaba ya cenando, y media hora después... en la cama. La carrera, por eso de evitar el calor de Jaén del mes de julio (se corría el día 8), empezaba a las siete de la mañana. Por tanto, había que cenar pronto, e ir temprano a dormir para estar levantado antes de las cinco de la mañana. Esa era la hora prevista para el desayuno, es decir, las dos horas obligadas de digestión antes de la salida.
Me acosté a las 21,30 h pensando que no podría dormir (como me ha ocurrido tantas otras veces), pero no. En pocos minutos estaba ya frito, y me desperté un momento antes de que sonara el despertador. A las cinco estaba ya desayunando... lo habitual, con los nervios también habituales, y -no voy a negarlo- con la sensación de estar un poco loco. 
Tras la comida, preparo la mochila y me visto siguiendo el ritual maratoniano de siempre con los muchos matices y detalles que ello tiene. ¡¡Jejeje!! ¡¡Qué cosas!!
A las seis y media estoy saliendo con el coche por la puerta de la cochera, y apenas diez minutos después ya estaba pisando La Salobreja. La organización se afana en los últimos detalles, y ya hay un buen número de atletas: unos haciendo cola para recoger el dorsal, otros vistiéndose, hay quien estira, e incluso alguno realiza las primeras carreras de calentamiento.
Charlo con algún conocido, me doy a conocer con algún desconocido, hago cola para recoger el dorsal... Los cálculos de la organización han fallado, y la carrera no empezará a las siete. Se retrasa la entrega de dorsales y por tanto la colocación de los atletas en sus puntos de salida pues según se corra de manera individual, por parejas o por cuartetos va en un lugar distinto de la pista.
Finalmente estamos saliendo a las 7,25 horas aproximadamente en un gran ambiente. Me parece mentira estar corriendo un maratón en mi ciudad. Es un lujazo. Enhorabuena a quien lo ha hecho posible, y si bien hay alguna cosa que mejorar, espero que la carrera se consolide en el tiempo. 
Creo que todos realizamos las primeras vueltas con una sonrisa en la boca. Estamos gente de Jaén, de Murcia, del País Vasco, de Valladolid, de Sevilla... y un británico que va a hacer 50 kilómetros. ¡¡Una máquina!! 
Quienes corremos el maratón de manera individual vamos por las calles 1 y 2. La calle 3 la ocupan quienes corren por parejas, mientras que los cuartetos van por las calles 4, 5 y 6.
Yo no soy de los más rápidos, pero tampoco de aquellos que llevan un ritmo más lento. Eso hace que tenga que ir adelantando a algunos, mientras otros me adelantan a mí. Es una especie de juego muy divertido donde nunca sabes cómo vas, pero das ánimos a quienes doblas, y quienes te doblan te dan ánimos a ti. Es una carrera distinta, diferente, especial... tremendamente sabrosa.
El británico corre más que un nublo. Nosotros debemos dar 105 vueltas y media a la pista, y él veinte vueltas más. Va rapidísimo, y lo veo pasar como un rayo. Es tremendamente educado porque no va pidiendo que le dejes pasar por la cuerda, sino que no duda en respetar a los demás, y en ocasiones tiene que salirse a la calle 3 para adelantar. Yo voy continuamente mirando para atrás, y cuando veo que me va a doblar, me salgo a la calle dos y le indico con la mano que pase por la calle 1. Él siempre me da un "Gracias Sir" que me deja con la boca abierta.
Marcho contento, entusiasmado con correr un maratón en Jaén (creo que lo he dicho antes, ¿verdad¿), pero no encuentro a nadie con quien ir a modo de compañero. El resto de corredores va más rápido o más lento que yo, por lo que no hay más remedio que circular en solitario. El gps es mi único compañero, y me indica que voy más rápido de lo que pretendía; mi idea era correr a 5'20''/Km, pero voy a entre 5'00'' y 5'10''. Intento frenarme, pero no lo consigo, y entonces me acuerdo de otras ocasiones en las que me ha pasado lo mismo, y al final he acabado pagándolo. A modo de autoayuda, pienso que esta vez no pasará, que voy muy bien, y que de seguir así lograré bajar de 3h30' cuando mi objetivo era hacer 3h45'.
No hay ninguna pantalla o sistema que indique las vueltas que llevo -ni yo ni ningún corredor- (eso sería algo a mejorar en próximas ediciones), de ahí que la mente deba ocuparla en ello. Procuro ir sumando mentalmente cada vuelta, pero me equivoco una y otra vez. Recurro al presidente de mi club, Pepe, y a otro compañero (ex presidente) Juande; están por allí colaborando y animando, y al pedirles que me miren las vueltas que llevo, no dudan en acudir a los jueces, y a la siguiente vuelta me dan el dato. La mayor alegría me la da Juande: en mi mente iba cuatro vueltas por debajo, y de golpe me coloco 1,6 kilómetros más adelante de lo que yo pensaba. Desde aquí dar las gracias a los dos, y también a Rafa Martos, a quien acudí en alguna ocasión.
Agradecer también la labor de Gaspar Molina, el speaker. Las continuas referencias que va haciendo de los corredores al paso por meta te hace sentir protagonista de la carrera. Al menos así me sentía yo cada vez que decía mi nombre y algún chascarrillo sobre mí. Grandísimo trabajo, Gaspar, el que realizas. 
A medida que pasan lo kilómetros el cansancio se va haciendo más presente, pero logro mantener el ritmo. Hasta la media maratón conservo los cuatro minutos por debajo del tiempo objetivo, y al llegar al kilómetro 30 la rebaja se ha quedado en poco más de dos minutos. En el 30 es cuando creo que empieza realmente el maratón, y las fuerzas me empiezan a flaquear. Las piernas dan los primeros síntomas de ponerse rígidas y ya no marcho tan bien como antes. ¡¡Claro, si es que esto es un maratón, y aquí no es cómo empiezas sino cómo acabas!!
La bajada de ritmo es brutal, y al pasar por el km 40 ya circulo ocho minutos más lento del tiempo inicial previsto. Pero no puedo ir más rápido. Me es imposible. El objetivo es ahora acabar, acabar manteniendo el tipo. No sé si lo consigo porque los dos últimos kilómetros (y 195 metros) los hago a más de seis minutos... pero me animo un poquito cuando los jueces, Gaspar y Juande cantan que me quedan cuatro vueltas, tres, dos... y la última.
¡¡Ya sí que acabo!!
Da igual el tiempo. Acabo el maratón de mi tierra. Me salgo a la calle tres para entrar en meta, levanto los brazos, saludo a Juande, y a Gaspar,  y cruzo la meta. Paro el crono en 3h56'01''. Da igual. Es el peor tiempo de todos los maratones que he corrido en mi vida, pero no importa. Es en mi tierra, y ha merecido la pena.
Enhorabuena a quienes lo han hecho posible. Ojalá se siga celebrando, y yo intentaré estar en la línea de salida... y de meta.

viernes, 6 de julio de 2018

Objetivo Jaén (II): alea iacta est

Pasado mañana es la gran cita. La pista de atletismo de La Salobreja acogerá el domingo, 8 de julio, el I Maratón Ciudad de Jaén. Y allí estará un servidor para afrontar las 105 vueltas que hay que dar para cubrir los 42,195 kilómetros de la prueba reina del atletismo.
Debo reconocer que tomé la decisión de participar un poco a la ligera, sin pensármelo demasiado, pero si en ocasiones anteriores me he desplazado a 3.500 kilómetros de distancia para participar en un maratón... ¿no voy a formar parte del que organizan en mi ciudad?
Mi objetivo es empezar... y acabar. Intentaré parar el crono en un tiempo decente, pero entiendo que con llegar a la meta es suficiente teniendo en cuenta que a la habitual dureza de un maratón, esta prueba suma la fortaleza mental que hay que tener para dar 105 vueltas a una pista de atletismo.
El que decidiera correr este maratón sin pensarlo demasiado no quiere decir que no me haya preparado bien. Comencé el pasado 30 de abril un plan de 10 semanas que concluyó ayer. Bueno, para ser rigurosos, el plan concluirá el domingo con el maratón, pero fue ayer jueves cuando realicé las últimas series contempladas en mi plan.
Han sido diez semanas, 70 días, 496 kilómetros, entrenamientos a las cinco y media de la mañana, otros a las tantas de la noche, unos sin ganas, otros más motivado, en alguna ocasión casi me da un jamacuco por el calor... Y todo ello compaginándolo con las obligaciones laborales, familiares, de ong´s, o con otras inquietudes de ocio que tengo. 
He vivido en primera persona que si le pierdes el respeto a un maratón, puedes pasarlo muy mal. Por eso, hay que afrontarlo con un mínimo de preparación. Creo que para el domingo llego por los pelos, pero llego. Al menos, tengo el ánimo de concluir el primer maratón que se celebra en Jaén, y -si no pasa nada raro- lucir con orgullo la medalla de finisher.
Aunque, como he dicho, el plan concluyó ayer, me suena un poco raro hacer series un jueves, y ya descansar hasta el domingo. Mañana haré una tirada cortica y relajada simplemente a modo de disfrute previo a la gran cita del domingo.
Por tanto, hoy ya puedo decir de cara al que será mi maratón número 14: alea iacta est.

lunes, 4 de junio de 2018

Objetivo Alcalá de Henares (I): doblete

Corrí mi primer maratón en el año 2003. El 26 de octubre en Ciudad Real. Me costó bastante dar el paso de afrontar la distancia, y aunque había corrido en multitud de ocasiones distancias menores, no lo veía claro. Finalmente lo hice, y me arrepentí antes incluso de acabar.
Me había preparado con cierta alegría porque era mi primer maratón. Sabiendo la dificultad de la empresa, también tenía cierto entusiasmo porque debutaba en la prueba rey.
La cosa fue más o menos bien, a un ritmo cuya única aspiración era la de acabar. El cansancio iba notándose, pero lo afrontaba sin problemas hasta que un problema en la rodilla me dejó cojo en el kilómetro 31. Por cabezonería no me retiré, aunque sufrí bastante. Al final acabé haciendo un gran esfuerzo por superar el problema físico y bajar de las cuatro horas. Lo conseguí pero mi machaque era tal que tras cruzar la meta rechacé reventado el plato de paella y el vaso de cerveza con el que me esperaba mi cuñado "El Granaíno" (compañero de fatigas en casi todas mis carreras de los 42K) que había llegado bastante antes. 
Mi único pensamiento era para la bañera del hotel. Allí me vi con la mayor rapidez que pude; medio llena de agua calentita, espuma por arriba -como en las películas- y sin prisa por salir.
Juré y perjuré que no volvería a correr un maratón. Y así fue hasta cinco años después: San Sebastián en 2008. No sé la razón, pero lo cierto es que desde entonces no ha habido año en el que no haya corrido un maratón, incluso algunos años lo he hecho en dos ocasiones. Hasta el momento llevo 13, y en este 2018, si Dios quiere y la Fuerza me acompaña, volveré a participar en dos.
Hace unos días os hablaba del I Maratón en pista de Jaén (el 8 de julio). Allí estaré por hacer patria chica, por apoyar el único maratón que se celebra en Jaén. Si en ocasiones viajo a cientos de kilómetros (incluso miles) para correr un maratón, entiendo que es obligado no faltar al que hacen en mi tierra.
Alcalá de Henares será el siguiente. Tendrá lugar el próximo 28 de octubre, y ya tengo inscripción (desde ayer), hotel y compañero de fatigas: EL GRANAÍNO (como siempre).
Tras varios meses de parón atlético, retomé el tema de cara a Jaén. El objetivo es hacer un tiempo interesante donde creo que será casi más difícil superar mentalmente dar 105 vueltas a una pista de atletismo que recorrer los 42K. Será una especie de puesta a punto con vistas a Alcalá.
Ya os iré contando.

viernes, 18 de mayo de 2018

Objetivo Jaén (I): haciendo patria chica

El 3 de junio del año pasado corrí mi último maratón. Fue el número 13, y ya tengo fecha, ciudad y hora para el siguiente. Será el próximo 8 de julio en Jaén. 
Juan José Amate, corredor aficionado y enfermo de esclerosis múltiple, consiguió durante el año 2017 el reto de correr 12 maratones en 12 meses. Era para dar visibilidad a su enfermedad, y uno de los problemas a los que se enfrentó fue encontrar en España un maratón que se celebrase el mes de julio. No había. Al final lo logró organizando él uno en Jaén. Y no uno cualquiera que ya de por sí es difícil afrontar los 42.195 metros, sino que este tenía como extra que se desarrollaría en una pista de atletismo, la pista de atletismo de La Salobreja, en Jaén, su ciudad.
En un principio su idea era correrlo él solo, pero hubo quien se ofreció para acompañarle, y para no ser maleducado, dio la opción de correr el maratón a todo aquel que así lo quisiera.
Aquella idea parece que tuvo éxito, y este año se retoma organizada ya por la Asociación de Clubes de Atletismo de Jaén (de la que Juanjo es presidente) y el propio Ayuntamiento de la capital a través del Patronato Municipal de Deportes.
Será el 8 de julio, con hora de salida a las siete de la mañana, y con la posibilidad de correr el maratón entero, hacerlo por parejas (cada corredor haría media maratón), o en grupos de cuatro (corriendo cada uno diez kilómetros).
El año pasado me quedé con las ganas de participar, y en cuanto me he enterado de que se volvía a hacer, y además con afán de continuidad, no he dudado en inscribirme.
Llevo 15 años corriendo maratones por esos mundos de Dios, y no me parece bien no participar en uno que se hace en mi ciudad.
Hay que hacer patria chica, y apoyar las poquitas cosas interesantes que tenemos en Jaén (aunque afortunadamente cada vez son más).
Preparado para afrontar las 105 vueltas a la pista de La Salobreja. Hoy estoy preparado, a ver qué pasa el 8 de julio. 
¡¡Que nos ayude San Fermín!!... ¡¡Y San Isidro!!

martes, 13 de junio de 2017

Objetivo Estocolmo (III): la crónica

Con mi cuñado, en los kilómetros iniciales.
Suele decirse que bien está lo que bien acaba, y aunque no acabé muy bien el Maratón de Estocolmo -celebrado el pasado 3 de junio-, sí que me encuentro satisfecho por haber concluido mi participación número 13 en la distancia. Mi objetivo era mejorar marca personal (fijada en 3h 25' 10''), pero ni me acerqué. Paré el crono en 3h 47' 55'', aunque ya digo que es todo un éxito teniendo en cuenta que una lesión en uno de los isquios tan sólo ocho días antes de la prueba casi me impide tomar la salida.
No hay peor enemigo de un atleta que la lesione, pero si ésta se produce en los días previos a la prueba que te llevas preparando -en mi caso- tres meses, la cosa se pone más fea todavía. El sábado, 3 de junio, era la carrera, y el lunes anterior estaba en la camilla de Manos Máginas Pili (MMP que otra vez volvió a hacer el milagro), de la clínica de fisioterapia de Manuel Pancorbo, intentando revertir el mal. Aquel día no hubo sólo masaje, sino también punción seca. A los dos días, el miércoles, nueva sesión de fisio, y el jueves pude tanto trotar un poquito como ir al gimnasio para fortalecer una musculatura que había quedado francamente tocada por el tratamiento.
Sufriendo en torno al km 30.
Corría, no me dolía pero sí sentía alguna molestia. Con esa sensación afronté la salida en la carrera. Ni siquiera fui trotando al punto de salida. No quería tener alguna sensación negativa que me obligara a no participar.
Físicamente creo que estaba en uno de mis mejores momentos, y por ello -y pese a la lesión- decidí afrontar la carrera con el objetivo que me marqué en su día: mejorar mi marca personal. Así se lo hice saber a mi cuñado el granaíno -Fernando Arco, con el que suelo compartir este tipo de aventuras-, y así comenzamos: siendo valientes.
El ritmo objetivo de carrera era 4'50''/km para hacer 3h25'00''. Mi cuñado, que es mucho más rápido que yo, se prestó a llevarme y la verdad es que todo iba de maravilla. No sólo estábamos en tiempo sino que en numerosas ocasiones tenía la tentación de acelerar la marcha por lo bien que me sentía. Pero la experiencia es ya un grado, y tengo claro que el maratón empieza en el kilómetro 30. En ese momento es cuando debes medir tus fuerzas y saber cómo vas a acabar.
 Nosotros íbamos según lo previsto. Tanto, que pasamos la media maratón en 1h41'26'' cuando el objetivo era 1h43' aproximadamente. Las sensaciones eran excelentes, pero estaba entrando en la zona de peligro. En el kilómetro 25 ya me costaba mantener el ritmo de 4'50''/km, y en el km 30 rodaba por encima de los cinco minutos el kilómetro. Unos kilómetros antes tanto mi cuñado como yo nos dimos cuenta de que yo no aguantaba; él intentó animarme, pero me quedaba. Por ello le dije que él siguiera, y que no se preocupara que yo iba a echar el resto.
Cruzando la meta.

En ese kilómetro 30 supe que tocaba sufrir en los 12 kilómetros restantes, y así fue. La verdad es que no hubo ni rastro de dolor con el isquio, que era lo que yo temía, y sin embargo tenía las piernas acalambradas; me daba la sensación de que de un momento a otro me iba a machacar una tormenta de calambres que me impediría seguir. 
Creo que era como consecuencia del planteamiento de carrera. Como estaba tocado del isquio, opté por acortar la zancada y aumentar la cadencia. Es decir, pasitos cortitos y más rápidos. Algo totalmente contrario a lo que yo suelo hacer. Era para cuidar el isquio, y dio resultado, pero el efecto colateral fue la aparición de piernas acalambradas que me impedían rodar con soltura. La rabia era aún mayor -quizá la impotencia- porque el pulsómetro me indicaba que rodaba a 116 pulsaciones por minuto, 120, 125... es decir, ¡¡¡POQUÍSIMO!!!; la marcha era casi de andar pero me era imposible acelerar.
Quedaban 12 kilómetros, y si bien ya era consciente de que no iba a conseguir ni el primer objetivo (3h25') ni el segundo (bajar de 3h30'), no quería sobrepasar las cuatro horas. Por ello, afrontando la dificultad física y la impotencia de tirar al ritmo que me pedía la mente, apreté los dientes y evité como pude hundirme. El kilómetro 35 lo pasé a 5'58''/km, el kilómetro 40 a 6'50''/km; y en los dos últimos kilómetros (y 195 metros) volví a bajar a 5'56''/km.
Celebrando la victoria.
La sensación al llegar al estadio era de alivio porque lo había conseguido, pero también de impotencia porque una inoportuna lesión había trastocado el trabajo de tres meses.
No importa. Ya estaba pensando en cómo afrontaría la siguiente. Y el pensamiento no apareció al cruzar la línea de meta, sino que a lo largo de esos 12 sufridos últimos kilómetros compaginaba la concentración para seguir corriendo con la táctica a seguir en mi maratón número 14 que, no sé cuándo, pero os aseguro que llegará.
Me da la sensación de que esto engancha.

domingo, 9 de octubre de 2016

Objetivo Estocolmo (I): empezando otra aventura

No sé si me he venido demasiado arriba con las buenas sensaciones tenidas y vividas en el reciente Maratón de Zaragoza, pero ya estoy inscrito en el Maratón de Estocolmo 2017.
Con casi nueve meses de antelación empiezo a planificar lo que será, a día de hoy, mi maratón número 13 en total, y mi cuarto internacional. 
Será el próximo 3 de junio de 2017, y hoy -9 de octubre de 2016- ya tengo dorsal (estoy esperando conocer el número) y hotel. El avión es cuestión de días. 
No sé si os lo creeréis, pero ya tengo ganas de que llegue, aunque también me apetece empezar los entrenos porque mi intención es disfrutar de todo. Por cierto, si me lesiono, como ya me ha preguntado alguien, también pienso ir. Me tendré que sacrificar. ¡¡¡Jejeje!!! 
Os iré contando.

sábado, 8 de octubre de 2016

Objetivo Zaragoza (y III): volviendo a disfrutar


Tremendamente gratificante el haber participado en el maratón de Zaragoza. Iba con muchísimo miedo, y me ha servido para volver a disfrutar corriendo.
Los problemas de fascitis que he tenido a lo largo del último año me han impedido participar en algún maratón que tenía previsto, y poder cumplir mi intención de poder hacer dos maratones al año. Tras superar esas cuestiones físicas decidí abordar el reto de los 42k; el elegido fue Zaragoza, y en él tendría -de acabarlo- mi 12ª participación.
A ello me puse, y llegado el gran día tuve muchas dudas. Otro problema en el pie, malas sensaciones en las dos plantas (¿otra vez fascitis?), un entrenamiento inadecuado por esos achaques que suelen salir de vez en cuando, y por la vorágine del día a día.... digo que todo esto provocaron que no llegara al 25 de septiembre con las mejores sensaciones y en la mejor de las condiciones.
Por ello, me fijé un objetivo modesto: hacer 3h45', es decir, a 5'20'' el kilómetro. Eso es lo que dije, aunque en el fondo debo reconocer que siempre barajaba la opción de retirarme y no acabar.
Dado mi objetivo, y que mi cuñado -el granaíno- tampoco se iba a exigir mucho y su intención era hacer 3h30' (en su mejor momento ha bajado de las tres horas), me convenció de que fuéramos juntos unos kilómetros al ritmo de 5'00''. No estaba yo muy por la labor, pero acepté en un primer momento, y después seguí a ese ritmo por lo bien y cómodo que me sentía.
Fueron 12 los kilómetros que corrimos juntos. No sólo estaba yo genial sino que íbamos todo el rato charlando y gastando bromas a quienes nos encontrábamos en el recorrido. En el kilómetro 12 mi cuñado apretó un poquito, y yo me quedé en los cinco minutos. Ya digo que las sensaciones eran magníficas, me sentía muy bien, seguía yo charlando y haciendo bromas con el resto de corredores a los que iba adelantando. Y eso me daba más ánimos: pese a ir a un ritmo no demasiado alto (5'00''), iba adelantando a gente, y nadie me pasaba a mí.
A pesar de todo, de que iba disfrutando como hacía tiempo que no lo hacía, seguía siendo muy conservador porque la experiencia me dice que el maratón empieza en el kilómetro 30. 
Pasé la media a 5'00'', y el 22, el 23, el 24... ¡Qué miedo me daba el 30!. Pues nada, llegó al 30 a un ritmo de 5'00'' y no pasó nada. Ni en el 31, ni en el 32.... en fin, todo muy bien.
Ya en el 35 noté que las piernas se me empezaban a poner un poco rígidas por la falta de entrenamiento y la ausencia de tiradas largas en mi preparación. Lo afronté con tranquilidad, bajé el ritmo un minuto, y ya a acabar porque había disfrutado como casi no recordaba.
El no poder seguir el ritmo de cinco no me supuso ninguna frustración porque sabía por lo que era. Me fue mucho más positivo el comprobar que ya controlaba -y muy bien- el consumo de sales y geles porque si en maratones anteriores me había deshidratado, en esta ocasión todo fue también muy bien.
Al final, 3h40'06 (oficial 3h40'17'')'' que si bien no pude el 3h30' pretendido por mi cuñado (el hizo 3h27'), rebajé la meta fijada de 3h45', y sobre todo ni asomo del peligro de la retirada.
Contentísimo por las sensaciones, por haber vuelto a sentir la alegría en el correr cuando casi se me había olvidado, especialmente durante los duros entrenamientos.
Por cierto, magnífico viaje donde me encantó que los cuatro que fuimos participamos en la carrera. Mi cuñado y yo, en la media; mi esposa y mi cuñada, en los diez kilómetros. Ellas debutaban en una prueba así pese a que ya hemos hecho muchos viajes juntos, y ojalá decidan repetirlo porque la sensación de grupo es inmejorable.
Grande Zaragoza. Nos vemos en Sevilla.