domingo, 5 de octubre de 2008

18 años

Tengo un amigo que tal día como hoy pero hace 18 años, recibió el al inicio de una relación. Fue una semana eterna de espera. Y es que él, siguiendo el protocolo que marca cómo deben ser este tipo de cosas, le pidió salir a la chavala con la que venía tonteando en los últimos meses.

La conocía de toda la vida pero nunca dieron un paso más adelante que el de la vecindad y, en algún momento, cierta amistad e incluso hubo secuencias de complicidad amorosa por amigos comunes. Quizá esto último fue lo que encendió algo entre ambos. Lo cierto es que sólo se veían los fines de semana y en las vacaciones. Ella vivía en su pueblo e iba al instituto del pueblo de al lado. Él vivía en Jaén capital, donde también estudiaba Bachillerato, pero emprendía cada viernes, más pronto que tarde, camino hacia su pueblo –que también era el de ella-, para regresar el domingo, más tarde que pronto.

Tras un millón de dudas internas, de consultas a amigos más íntimos, de aguantar las bromas de quienes le gritaban que no tenía sentido tanto comerse la cabeza porque la cosa estaba segura... él decidió por fin dar el paso. Por el atrevimiento innato en su naturaleza no lo hizo ni el viernes cuando se vieron, ni a lo largo de todo el sábado, ni el domingo al saludarse. Esperó –por falta de valor y por el miedo al NO que lo echaría todo a perder- a cuando ya no podía esperar más: ella dijo que se iba, que hasta la próxima semana, y él, tras decirle adiós, requirió su atención cuando ella ya le daba la espalda... se volvió y tras un ...por cierto... tonto e innecesario le planteó lo de ser novios. No sé quién de los dos respiró con más intensidad en señal de ¡¡¡por fin!!!, pero a pesar de ello, y siguiendo el estricto protocolo, ella le pidió que le diera una semana para pensárselo; la respuesta en él también fue la habitual en estos casos: sí, sí, sí... lo que necesites!!.

La semana fue durísima para él. No hacía más que pensar en alternativas, justificaciones, pros y contras para el y para el NO, minimizaba aquello que podía jugar a su favor y engrandecía lo negativo, llegó incluso a aburrir a su amigo Rafa con quien compartió más horas que con su propia familia hablando del asunto, aunque Rafa disfrutó con ello dada su vocación no oculta de Celestina buena.

Llegó el viernes, se vieron, se saludaron pero ni él exigió respuesta ni ella la dio sin más. Llegó el sábado, se saludaron y como él no pidió respuesta ella tampoco la dio. El espíritu intrépido de él volvía a aparecer. El último día, el domingo, volvieron a saludarse con normalidad, a charlar durante horas, a reír, a contar anécdotas, a hacer el tonto... y llegó la despedida. Se despidieron hasta el próximo fin de semana, ella se dio la vuelta y comenzó a marcharse. No se podía esperar más. Él llamó su atención, ella se volvió, él utilizó de nuevo el ...por cierto..., ella dijo ¡Que, SÍ!, se volvieron a despedir y quedaron para el próximo viernes.

Así, de esta manera tan tonta -vista desde estos días y con la perspectiva que da el tiempo- comenzaba una relación que hoy cumple 18 años. Ha habido momentos buenos y malos pero lo cierto es que la vida ha cogido un camino que, de haber triunfado el NO, sería otro. Ellos han ido marcando sus tiempos, con influencias de fuera -seguro e irremediable- pero el presente y el futuro de lo que realmente merece la pena ha estado siempre en sus manos.

El gran valor, el principal valor es siempre hacer equipo. Lo han conseguido, en unos momentos más que en otros, pero se trata de algo que requiere la insistencia constante para confeccionar la excepción a una de las enseñanzas de Vito Corleone; aquello que le decía a su hijo Michael de ten cerca a tus enemigos pero más cerca todavía a tus amigos. Aquí no hace falta porque si hiciera estaríamos hablando de otra cosa.

Lo dicho: HACER EQUIPO.

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